Él:
¿te puedo invitar a mi casa a escuchar un tema?
Ella:
esa pregunta no me la tenés que hacer a mí.
Él:
¿...?
Ella:
eso lo tenés que decidir vos.
No sé, pensalo, ¿querés? ¿tenés las llaves de tu casa?
¿no ponés en riesgo nada importante por la nimiedad de llegar conmigo?
¿tenés el tema que querés que escuche?
¿te acordás dónde vivís?
Todo eso lo tenés que pensar vos.
A mi me invitás o no
...
¿Me podés invitar a tu casa a escuchar un tema?
Mate ConDuraznos me nominó en un combo de galardones
que premian el estilo y la originalidad.
Ella dice que este blog tiene personalidad.
Y me puso a pensar.
Soy varias. Soy muchas y ninguna. Soy humana y mujer y estoy compuesta por un puñado grande de partes de mi personalidad y estados de ánimo que se turnan para tomar protagonismo. No pretendo definirme, hace años dejé de intentarlo, justo cuando descubrí que no soy capaz. Y eso que me considero una persona bastante capaz de describir. Y eso que aprecio de mi misma la capacidad de seleccionar palabras adecuadas.
Miro Desayunos en pantuflas y me encuentro en cada oración, en cada sensación, en cada momento. Reviso detalles, releo etiquetas, recuerdo los diferentes manteles y me descubro a mi misma cada vez. Tambien, para mi asombro, me enfrento a características mías, a perspectivas de mí que no siempre están tan claras en mi vida de tres dimensiones. Comprendo, entonces, que este espacio tiene una personalidad que es igual a la mía pero observada desde otro punto.
Sabemos (y si no sabés, ¡enterate!) que facebook y yo no nos llevamos bien. Hay algo de vidriera de vidas que, francamente, no me llama la atención. No vengo a tener ese debate, sinceramente es inconducente. ¿Te gusta? vos dale, yo me quedo por acá. No obstante y muy al margen de mis preferencias, pensemos juntos algunas razones para no tener entre tus amigos a la persona que te interesa, que estás conociendo, que 'te gusta'.
Todos tenemos un momento de debilidad. La polinómica no es ni atípica ni tan compleja. Poné en un frasquito un rato de embole, un día de inseguridad, un poco de curiosidad y un comentario que no entendés porque no compartís el código, agitá un poquito y tarán... ya tenés varios minutos amontonados revisando todo aquello a lo que tengas acceso de esa persona. Escudriñando fotos, leyendo intercambios de guiños y espiando cuanto muro de sus contactos puedas chusmear. No jodamos, eso no hace bien ni a los vínculos ni a la salud.
También resulta que es virtualmente imposible frenar a tiempo el impulso tipeador que invade los dedos cuando hay, de repente, acceso al círculo particular de una persona. No importa que tan copadas pretendan ser tus intervenciones, en el fondo se nota. Todo se nota. Se transluce la marcada de territorio, el flirteo evidente, las caídas de pañuelo y los ojitos pícaros quedan ahí estampados para la posteridad toda tuya, de esa persona y de todos sus contactos y quedás en off side.
¿Ya pensaste en la intraquilidad que te provoca si la otra persona no es capaz de hacer eso en tus publicaciones? Claro que sí, aún si no lo pensaste, lo pensaste porque hay algo jodido en la boca del estómago que te genera una sensación desagradable cuando no aparece, siquiera, un manito con pulgar para arriba de su parte. Tanto lo pensaste sin planteártelo que te parecería ingrato no acusar recibo de cuanta payasada incluya ese ser humano en su espacio y volvemos al círculo complicado.
Ahora bien, aún si sos de esas personas que no sucumben a esos impulsos o dudas, la cosa es complicada. Pensalo varias veces antes de enviar o aceptar esa invitación. Creeme cuando te digo que es difícil (muy difícil) mantener viva la curiosidad cuando leés, una tras otra, la sarta de pavadas que es capaz de publicar en su muro bajo el amparo de la sombrilla de complicidad con su barrita de turno, en una interacción copada a la que todos deberíamos darnos derecho pero que no existe para que la conozcan los viejos, los tíos y la persona con la que estás a puro coqueteo.
Llueve.
Afuera llueve.
De otoño llueve.
Oscuro y silencioso y constante llueve.
Y el espíritu litoraleño me contagia entera.
Agua.
Sonora agua.
De mayo agua.
Aromas y sabores y texturas de agua.
Y todo el mundo que recorta mi ventana se salpica.
Y hay mates de otoño y conversaciones de mayo y un mundo recién duchado. Y todo lo que me desestabiliza decrece y las sensaciones que me calman arremeten y los colores resurgen. Y me invaden las ganas de descubrir detalles nuevos, de saltar charquitos, de enamorarme en una esquina, de comer tortas negras, de que se me moje el pelo, de bailar por la vereda y de embelesarme, otra vez, con las maravillas pequeñas que desbordan de todo lo bueno y de todo lo bello y de todo lo diario.
Hermano:
¿viste en 2 broke girls,
cuando Max le dice al cliente
que el chasquidito de dedos se la seca?
Bueno, ésto...
(señala y chasquea los dedos)
Café:
Así pero peor.
En esa línea de pensamiento,
Arjona me la cierra
pero este imitador berreta me la está haciendo desaparecer.
Estoy a medio tema de convertirme en una barbie.
El flaco está complicado. En su cabeza está complicado. En la realidad las cosas se le presentan tan claras que dan pavura pero, por supuesto, no le resulta para nada fácil tomar decisiones. De repente se estampa de nariz contra esa posibilidad. Así, sin previo aviso, cuando ve disminuir la cantidad de materias pendientes de su carrera hasta un número casi inexistente lo apabulla la arrasadora sensación de que todas las decisiones son posibles. Cree, de golpe, que todo puede optarlo, que todo puede cambiarlo, que todo puede elegirlo, que todo puede adecuarlo y le encanta esa idea tanto como lo aterra. Eso sí, es mucho más fácil ver las cosas que nos gustan que mirar de lleno a los ojos a las que nos asustan, entonces, aunque sea por un ratito, las ponemos en otro lado. Escucha ruido, un barullo que lo aturde, un descontrol de sonidos que lo ensordecen y, como si existiera, busca un origen único y definido. Le pone nombre. Le pone exactamente el nombre, la edad, las ilusiones y los desaciertos de su pareja.
La mesa se convierte en un revuelo de voces. Aparecen palabras como amor, como soltería, libertinaje, crecer, cambiar, compartir, convivir, viajar, los amigos, tres meses en Europa, frenos, imposible, conceder, elegir, abandonar. Como el resto de los presentes lo conocen más, me habla a mí. Dice que se enamoró, con cara de nene asustado y cuando escucha su propia voz, retrocede en la frase y la reformula. Y las dos veces suena sincero, y en ambas confesiones resulta convincente. Reniega conmigo, con mi postura sobre mi misma. Considera que tiene que explicarse y se explica. Supone que debe desafiarme y dispara. Sospecha que puede distenderse y se distiende. Me sonrío, me río a carcajadas, le aclaro que a mal puerto vino por palos, le cuento dos o tres ideas que me ayudan a llevar mi vida de todos los días, descubre que tenemos la misma edad y enfoca aún más en lo que postulo. Vuelvo a reír y antes de que cambiemos de tema aclaro que ojo, que para mí, que allá él con su vida. No resuelve si debe acotar algo más y no acota.
Los comensales empiezan a retomar sus actividades. Las sillas van quedando vacías. La conversación viaja a la deriva por diferentes tópicos. El postre se termina, el tiempo se acorta, los sonidos se callan y, finalmente, los que quedamos emprendemos camino. Vamos presentando los últimos argumentos en los cuatro pasos finales y, una vez en la vereda, aparecen los claros gestos de despedida. Cada uno enfila para su lado y tres trancos después, gira, me llama, me mira y me agradece. Sonriendo. Genuina y gentilmente me agradece. Fijate, le prevengo, no es que te recomiende encarar tu vida como me tomo yo la mía. No, no, aclara, no son los consejos los que me hicieron bien, es que me diste alegría.
Soy igualmente capaz de mirar lentísimo cine iraní, bizarras películas de acción o comedias románticas impresentables. Puedo disfrutar prácticamente de cualquier tipo de música y he probado casi todas las bebidas que puedas nombrarme. Puedo levantarme a las 9 de la mañana de cualquier día no laboral para disfrutar de unos mates compartidos o pasarme toda una noche sin dormir. Descubro belleza en el mar, en las montañas y en esta pampa húmeda que habito. Suelo encontrar temas de conversación con cualquier persona que sea capaz de ponerle un mínimo de voluntad al intercambio. Todas las estaciones del año tienen alguna promesa que me tienta. He mirado al menos un rato de cuanto deporte se haya televisado y he jugado todos los juegos de mesa que me pasaron por delante. Puedo sobreponerme a mi desagrado por la gente de a mucha y concurrir a eventos multitudinarios y también puedo quedarme en patas en el living de tu casa y escuchar música tranquilos mientras disfrutamos del despoblado.
Por mi contacto con psicólogos y psicólogas hablo de vínculos, de daño, de negación. Porque la vida me cruzó con personas de lo más variadas, hablo de antibiogramas, curva de glucosa y recuento de colonias, de macerar, cernir y orear, de antígenos, diagnósticos y anticuerpos, de estado, sociedad y mercado, de tipografía, gramaje y resolución, de primas, pólizas y siniestros, de signos, ascendentes y decanatos, de retórica, prosa y métrica, de punto arroz, varetas y manga ranglan, de intramuscular, posología y dosis, de estrategias, comunicación y eventos y, aunque me resista, entiendo cuando hablamos de obturadores, de tiempo de exposición y de gran angular. También, por supuesto, por estar tan rodedada de abogados y abogadas hablo de delito, de culpa, de voluntad, de obligaciones, de sentencias, de jurisprudencia y jurisdicciones, de códigos procesales, de matrimonio y cohabitación, de contratos y de abusos de derecho.