Existen las playas, los lagos, los ríos, el mar, las montañas, las ojotas, los vestidos cortos y con muchísimos colores, el placer del agua fresca en los pies después del apuro de las plantas contra las piedras calientes, la malla preciosa que finalmente conseguí y el encanto de sacármela al final de la jornada de sol, los días nublados para salir a pasear, los helados a la tardecita, las polleras floreadas, las cervezas con tantas risas, los aros colorinches, el poquito de delineador que basta cuando ya no tengo color a ratón de invierno. Existen los desayunos compartidos casi a mediodía riéndonos de todo, preparar el café con leche descalza, bailando y sonriendo mientras el resto termina de desperezarse, poner las muchas tazas en fila y hacer una parva así de tostadas y preparar la mesa y sentarnos a disfrutar de todo y planear apenitas el resto de la jornada. Existen los autos y los viajes y las rutas y el tercer o cuarto termo de mates desde que arrancamos y las miles de pavadas que podemos conversar mientras los paisajes cambian. Existen los días que terminan recién cuando amanece el siguiente y la sensación de flotar en el cuerpo por haber dormido tan poquito y estar disfrutando con tal desparpajo. Existe esta sensación de que el mundo, a pesar de los otros y el infierno que constituyen, puede ser un lugar maravilloso. Existen las noches fresquitas de aire serrano y mi casa, mi río, mi lugar en la mesa, mi piedra, mi pieza, mi cama, mi mate y el único lugar en el que me pongo así de posesiva, quizás por ser el que más propio siento.
Existiendo todo eso,
¿quién me convenció de volver a estas ciudades, a estas ocupaciones, a estos zapatos, a esta rutina?
¿quién me convenció de volver a estas ciudades, a estas ocupaciones, a estos zapatos, a esta rutina?









































