Cuando entendés que enviar o recibir un mensaje de texto que sólo diga ok ya es abuso el intercambio resulta mucho más económico y aprendés que, a veces, es mejor llamar y listo.
Cuando descubrís que el otro siempre intenta escribir la última palabra en el chat y entendés que no querés dar esa batalla silenciosa, las despedidas se vuelven mucho más breves e interesantes.
Porque hay una parte de mí que se resiste a crecer. Porque no puede, no reconoce, no entiende que han pasado varios años. Porque no se resigna a esto de proyectar imagen de persona adulta. Porque no comprende que desde hace un tiempo (no tanto pero suficiente) cualquier humano menor a 15 años me considera grande.
Hay una parte de mí que todavía espera el bombuchazo cuando veo chicos jugando al carnaval.
No soy feminista. No salgo al mundo a dar batalla para que mi género esté en superioridad de condiciones, de opciones, de posibilidades, de poder. No me interesa que las mujeres le pongamos el taco aguja encima a los hombres. No pretendo que haya diferencias a nuestro favor. Es, simplemente, que tampoco puedo tolerar este mundo que avanza un poco, que aprende algo pero que sigue siendo tan injusto, tan dispar, tan desequilibrado.
Yo quiero un mundo donde prime el principio de igualdad. Ansío un planeta en el que nadie tenga que tolerar la opresión de otros, pretendo una vida en la que nadie se sienta capaz de invadir la vida, la privacidad y la integridad física de otro. Es claro que en este mundo que nos toca hoy, las mujeres (como género) seguimos en desventaja. También le pasa a los chicos, también le pasa a los desposeídos, a los desportegidos, a los olvidados, a los diferentes.
En este cúmulo de seres humanos que formamos la gran sociedad mundial hay injusticias todos los días y hacia personas de todos los géneros, naciones, procedencias, edades, pasados e idiomas. Sin embargo, como nadie puede dar todas las batallas y como no todos los enfrentamientos puede ser en un mismo día, cada 8 de marzo nos invita a poner, otra vez, la lupa sobre las desigualdades y las peleas de este género femenino.
No quiero flores, no me regales bombones, no me mandes tarjetas, no me des promociones en celulares, no me invites a una cena especial, no me ofrezcas tragos o bombones. El 8 de marzo no me siento divina, femenina, irresistible y seductora. Hoy estoy dolida, lastimada y apenada por este mundo de personas que olvidan o maltratan a sus semejantes.
Igual a los iguales, diferente a los diferentes. ¿Cuándo aprenderemos?
Quizá te busquen porqué naciste quizá te midan por mujer. Quizá te acosen porque creciste quizá te odien por mujer. Pero no dejes de ser niña que abraza todo lo que hay en si. Pero no dejes de ver el mundo como un espacio por compartir. Quizá te insulten quizá no nazcas quizá te anulen por mujer. Quizá no llegues a ser tú misma quizá te empujen por mujer.
Los jueves mi oficina se llena con algunos compañeros de trabajo que, como se quedan más horas que yo, son los encargados de cerrar todo al retirarse. Indefectiblemente el viernes llego para encontrarme con una sucursal del Kosovo. No soy feliz cuando encuentro las ventanas mal cerradas, papeles por todos lados, la computadora funcionando o cualquiera de esas evidencias de invasión pero cuando descubro, por enésima vez, el tendal de vasos sucios y tazas con restos de café pegoteados por los bordes me convierto en una persona desagradable. Como prefiero empezar los viernes feliz y cantando y, evidentemente, los reiterados pedidos de orden y respeto no hacen mella, estoy evaluando la posibilidad de dejar toda la vajilla bajo llave.
Me cansaste, pelandrún, ni el mate te voy a dejar a mano para que no lo dejes con la yerba enmoheciéndose adentro. ¿Querés aguita fresca? Tomá del pico del dispenser, infeliz. ¿Qué buscás? ¿Platito y un tenedor para comer esa porción de torta que te regalaron? No, no... con las manos, chiquitín... que esas si no las lavás después, al menos te las llevás puestas. ¿Cómo me decís? ¿Que querés un cafecito? ¡Preparatelo en la boca! Es fácil, te ponés el saquito sobre la lengua, mandate un trago de agua caliente, agitá la cabecita ¡y listo! Café recién hecho y sin que queden rastros. ¡Un golazo!
Ojalá tuviese la fe suficiente en algunos humanos como para creer que algún día (después de haberla perdido, claro) van a saber lo que era esa persona a la que quisieron, lastimaron y, finalmente, alejaron.
Es que hay que ser mucho más persona para ver esas cosas.
Ingrata Aunque quieras tu dejarme, los recuerdos de esos días, de las noches tan obscuras, tu jamás podrás borrarte.
No me digas que me quieres. que me adoras, que me extrañas, que ya no te creo nada.
Me canso de las personas que no saben jugar. Primero siento que podría ofuscarme, después temo que lleguen a descepcionarme, finalmente recuerdo que sólo voy a cansarme. Y esto, señoras y señores, esto de tener y de leer blogs, es un juego. Nadie cuenta la vida como es acá porque, a lo sumo, contamos una manera de ver el pedazo de vida que nos tocó encontrarnos en una esquina.
Los que nos dedicamos a jugar interpretamos personajes de nosotros mismos. Contamos, exagerando o menguando, cosas que hacen en mayor o menor medida a nuestra vida de todos los días. Mostramos partes de las personas que somos, esa parte que juega con todos los demás fragmentos que nos componen. Nos calzamos los guantes de consejeros. Nos ponemos las pantuflas de guapos. Nos acomodamos la vincha de docente. Nos colgamos la medalla de habilidosos. Nos ponemos el traje de torpes. Nos calzamos el saco de picantes.
Porque si no puedo ser consejera, guapa, maestra, hábil, torpe y picante en mi blog, entonces ¿dónde?. Porque si no puedo jugar al dígalo con mímica con todos ustedes, que también juegan, entonces ¿con quién?. Porque si no puedo armar una burbuja divertida de mundo paralelo durante las horas muertas de algunos días, entonces ¿cuándo?.
Y hay gente que no lo ve, que no lo entiende o que, simplemente, lo vive de otra manera. Son personas que piensan que esto es todo. Que somos amigos o enemigos a través de comentarios. Que nos amamos o nos odiamos por un post. Y claro que a veces salimos de la pantalla y nos encontramos a tomar cervezas pero ahí, en ese momento, no son los personajes los que chocan los vasos.
Qué pena que haya gente que no puede jugar. Qué triste que haya personas que se sienten agredidas o dolidas o queridas u olvidadas según el número de seguidores. Qué difícil encontrarte tan aislado del mundo de carne y hueso, de los abrazos que aprietan el pecho, de las caricias que erizan la piel, de las risas que desarman tormentas como para sentir que la única forma de conocerte es a través de un post.
Porque una cosa es contarnos y otra, muy diferente, es encontrarnos.
Y jugar por jugar sin tener que morir o matar, y vivir al revés que bailar es soñar con los pies.
Joaquín Sabina Jugar por jugar | Yo, mi, me, contigo
La historia no cuenta batallas ni discusiones al respecto. El relato dice que durante el embarazo Madre me había elegido nombres. Uno de nena dulce, tierno, suave, sensible, algo como Rocío. Uno de nene con presencia, sonoro, imponente, algo como Álvaro. Finalmente Padre ejerció su derecho de elegir (por ser hija número par o algo de eso) y quedó este nombre que llevo hoy. No me quejo en absoluto, de hecho, creo que va conmigo. Entonces, permitime la licencia porque, entre idas y vueltas, al final quedé Café.
Porque hay muchos. Porque pueden parecer todos iguales pero cuando afinás el gusto descubrís que tienen sus particularidades. Porque hay personas que lo defienden y personas que lo detestan, hay quienes lo disfrutan y otros a quienes les resulta indiferente, algunos lo consideran una compañía y a otros les provoca acidez. Más o menos así soy. Un poco compañera, un poco fuerte, un poco diferente y un poco familiar, amiga de los desayunos, opción estándar cuando te toca esperar, testigo de charlas variadas, aguerrida en algunos terrenos, sabrosa en otros y fácilmente reemplazable por, por ejemplo, un buen mate amargo.
¿Quién dijo que el nombre no habla de nosotros?
Sin decidirte por el tuyo, suave, ni por este, tan dísono que llevo, alzaste al cielo tu mirada grave como buscando en él un nombre nuevo.
Y suplicaste: -Quiero un nombre luz que te recuerde ¡Oh cielo! en su eufonía; uno más transparente que Jesús y que José, y que Marta, y que María.
Y estando él para llegar al mundo, no hemos hallado nombre todavía; sólo sabemos que ha de ser profundo y claro como el día.
¿Viste ese momento en que una película (que sabés que es bastante mala) te pega justo en las sensaciones y las decisiones que venías postergando? ¿Viste cuando, de repente, las palabras que andaban revueltas entre tus neuronas forman párrafos claritos? ¿Viste cuando decidís dejar de hacerte la sorda y empezar a escucharte?
Te quedan dos opciones, hablar o negar. ¿Cuál va a ser?