viernes, febrero 08, 2013

Esto de ser felices

El chiste empieza cuanto subimos al auto. Ya pasó la parte molesta de armar todo, de acomodar los bártulos en el baúl, de calentar el agua para los mates, de darle las gotitas a la gata para que se adormezca, de cerrar la casa, de todos esos preparativos que llenaban una lista imaginaria de cosas por hacer y, de repente, están hechas (aún si eso significó que nos quedemos hasta las dos de la mañana cerrando bolsos y apilando equipaje). No importa que sean las siete treinta de una mañana de sábado de enero. Quizás esa es una de las pocas mañanas del año en las que vale la pena saltar de la cama ni bien el despertador canta porque estás a punto de subirte al auto y ahí es donde empieza el chiste.

Pasar a buscar a otra amiga, emprender el camino, poner música, empezar los mates, abrir la bolsa de bizcochos calentitos. Unos minutos más, todos los preparativos finales para salir a la ruta y saber, a ciencia cierta, que estamos de vacaciones. Y después vamos a viajar durante horas haciendo comentarios graciosos, despotricando contra el mundo, montando escenas diminutas de stand up para terminar de exorcizar los vestigios de mufas del trabajo y los despelotes que, por unos días, dejamos definitivamente atrás.

Y ni siquiera importa si llegamos para tener que acomodar un insoportable desmadre ajeno porque eso ya es parte del viaje, de los días de descanso, de los ratos de pura felicidad, de las tardes de río y lagos y juegos y risas y chistecitos internos y códigos compartidos y noches de karaoke y de recibir gente muy querida en una casa grande y de juntar zarzamoras al costado del camino para hacer mermeladas y de preparar comidas ricas y de pasear buscando recovecos nuevos y de tomar cervezas en un bar antes visto y de conocer gente nueva que también se ríe de los mismos hipervínculos.

Lo sabemos desde el momento en que nos subimos al auto. La única excusa válida para volver de las vacaciones, reanudar la rutina diaria, volver al mundo cotidiano de la realidad es saber, en todo el cuerpo, que en cualquier momento emprendemos la ruta, otra vez y la vida vuelve a ser un recreo maravilloso.

La mejor razón para volver es la promesa de volver.

2 comentarios:

Etienne dijo...

Ya para mi la promesa pasó. Sin embargo recuerdo lo feliz que era esperando que llegara mi abuela, tía y primos porque sabía que su llegada traía un viaje. Ese viaje de todos los años, que prometía arena para los castillos, agua para refrescarse, olas gigantes que nos revolcaran y si estaba feo, había promesas de parque, mate y churros mirando los cisnes o pedaleando en los carritos. Calesita, peatonal, plaza con payasos, eran la guarnición. Y el postre era el paseo por el puerto, la escollera, ese olor tan particular, el puente roto y el otro, el colgante, aquél que daba la sensación de estar en otro país.
Hace mucho que no regreso a cumplir esa promesa de ser feliz.
Besos!!

Café (con tostadas) dijo...

¡Buen día!

Etienne: es cuestión de buscar hasta que encontremos otro lugar al que volver. O de volver al mismo a reinventarlo. O de seguir probando. ¡La promesa de volver a un rincón que se siente así es un gran motor!

Beso.