Ojalá alguna vez me pareciera más a lo que buscás, ojalá un día te bastara con la que soy, ojalá estuvieras en sintonía con lo que siento, ojalá me gustaras un tercio, ojalá compensaras mi honestidad con franqueza, ojalá querernos tanto y desde siempre implicara cuidarnos, ojalá supiésemos cómo, ojalá tuviésemos el coraje de elegirnos y la capacidad de honrarnos, ojalá fuésemos menos habilidosos para generarnos las mismas ilusiones, ojalá dejáramos de sentir que somos una opción, ojalá pudiésemos respetar saludablemente nuestra condición de sempiterna quimera, ojalá dejáramos de ser este eterno ojalá, ojalá cuando lastima dolieras sólo la mitad.
Somos una persistente promesa inasequible de futuro, amparada en un pasado en el que ni supimos elegirnos.
De nada sirve el por qué
De nada sirve el valor
De nada sirve volver
De nada sirve el adiós
Seguro de nada sirve
Escuchame un ratito a ver si logro explicarme. No, no soy impulsiva y despreocupada. No me encanta cambiar de planes cada tres minutos y no disfruto de dejarme llevar por la vida y flotar hacia donde el viento nos lleve. No sé si lo fui alguna vez pero desde hace al menos 25 años te puedo asegurar que no es mi estilo. Lo que vos recibís como espontaneidad es, en realidad, una exesiva, cuidada, meticulosa, incontrolable y obsesiva capacidad de previsión.
Cuando vos pensás "qué bien, mirá como logró que lleguemos igual a destino", no es que tenga el azar de mi lado, los ángeles de la guarda a tiempo completo o el cosmos de aliado. Es que antes de salir calculé casi todas las variables que podían fallar en el camino y armé planes de contingencia.
Sé qué tren, subte o colectivo extra tomar porque estudié los recorridos y/o los anoté en el teléfono. Sé a qué números llamar porque lo busqué de antemano. Tengo ropa acorde al estado climático que se presenta porque tengo atuendos adecuados para cada variable que pueda presentarse. Tengo comida, tengo agua, tengo al menos tres formas de pagar lo que necesite comprar y al menos 24 horas de subsistencia en la cartera.
No soy tranquila, liviana, despreocupada. No voy con la corriente, no floto río abajo, no ruedo feliz y relajada por la ladera. No. Lo bueno de que me decodifiques así es que, aparentemente, tengo éxito en la tarea de protegerte de mis delirios. No obstante yo, sin llegar al desorden psiquiátrico, soy fatalista, obsesiva y detallista.
Tardé, es cierto. Me llevó mucho más tiempo del que había planeado. Corrijo, demoré demasiado más de lo prefijado para empezar la tarea y debí interrumpirla más de lo aconsejable. Encontré excusas donde no necesariamente las había y razones de dudosa capacidad argumentativa. Acepté que no tenía que cumplir ninguna fecha estricta, me relajé, lo postergué unas semanas más. Y no estuvo mal.
Cuando finalmente me aboqué a la labor, lo hice con tiempo, con calma, con sonrisas, con música bella, con sol tolerable a media mañana y con Gurrumo compartiendo la tarea. Pensé, diseñé, decidí. Elegí, compré, acomodé. Lijé, emparejé, barnicé. Todas y cada una de esas acciones con la decisión de que sea su lugar de buenos sueños, su covacha del mundo cuando la necesite, uno de los mejores reemplazos a mis propios abrazos cuando necesite refugio. Todas y cada una de esas acciones plagada de deseos hermosos, de futuros posibles o delirantes, de tanto amor como soy capaz de albergar y transmitir, de todos las ansias de felicidad que le dedico.
Hice con mis propias manos la cama de mi hijo.
Se siente de maravilla.
Haz con tus propias manos
la cuna de tu hijo.
Que tu mujer te vea
cortar el paraíso.
Para colgar del techo,
como en los tiempos idos
que volverán un día.
Hazla como te digo.
Trabajarás de noche.
Que se oiga tu martillo.
“Está haciendo la cuna”
que diga tu vecino.
Alguna vez la sangre
te manchará el anillo.
Que tu mujer la enjuague.
Que manche su vestido.
Las noches serán blancas,
de columpiado pino.
Harás según el árbol
la cuna de tu niño.
Para que tenga el sueño
en su oquedad de nido.
Para que tenga el ángel
en un oculto grillo.
La obra será tuya.
Verás que no es lo mismo.
Será como tus brazos
la cuna de tu hijo.
Se mecerá con aire.
Te acordarás del pino.
Dirás: “Duerme en mi cuna”.
Verás que no es lo mismo
Cuna
Mercedes Sosa | Letra: José Pedroni. Música: Damián Sánchez
No creo en los aniversarios. Y lo puedo decir en voz alta hasta el cansancio y lo puedo escribir acá o en cualquier otro lugar y lo puedo pensar tan fuerte como si lo enunciara en voz alta porque real, sincera y verdaderamente no creo en los aniversarios. Ahí aparecen cosas de mi misma que no me cierran. Dado que me importan tanto los cumpleaños, que considero infaltable el brindis adecuado para cada año nuevo, que tengo una memoria infatigable para las fechas redondas parece una rotunda estupidez que no crea en los aniversarios y, sin embargo, es lo que es. (Quizás influye eso de que la fe no es algo que pueda razonarse, ¿quién sabe?)
Sin embargo, cuando llega un día tan difícil que me dura casi 72 horas de pena infranqueable y de cuerpo triste y cabeza embarullada. Cuando me sorprende a mi misma tener este humor tan particular que casi nunca me define. Cuando todo lo que habitualmente forma parte escencial de mi vida me cuesta tanto. Cuando me descubro pensando que me desconozco, aparece un trámite con fecha de caducidad y descubro que es, otra vez, este día.
Las cosas casi nunca suceden como las sospechamos. Nunca nada es tan bueno ni tan malo. No coinciden exactamente todas las felicidades ni las tristezas. No se superponen milimétricamente las alegrías de todos ni las penas de nadie. Los astros no siempre se alínean pero suelen no desparramarse del todo. Entonces, cada día, cada instante nos enfrentamos al desafío descomunal de acompañar a una persona querida que está pasando por algo que no podemos siquiera abarcar o que se contrapone con toda la furia a lo que podemos en ese segundo. Porque justo cuando querés deshacerte en lágrimas y meterte en la ducha hasta que el agua te enjuague hasta los huesos y quedarte aislada del mundo te llama una gran amiga descontrolada de risas y promesas, de ilusiones y futuros.
Puede que tu parcelita de angustia lo ocupe todo y no te salga frenar las lágrimas. Puede que su rapto de euforia no le permita descubrir que algo en vos duele ajeno a su entusiasmo. Puede que seas perfectamente capaz de entender que en ese momento es más importante acompañar y tengas la fuerza suficiente para impostar una sonrisa casi perfecta hasta que llegue el momento en que ella te abrace el llanto. Puede que sea capaz de contagiarte carcajadas y prepararte mates para acompañar las lágrimas. Puede, también, que contra todos tus pronósticos el cuerpo entero se te sonría por contagio y recuerdes, una y mil veces más, que aún sin darse cuenta las personas grandes te salvan la vida. También puede que tu pena y su alegría no sean capaces de generar ningún espacio de contacto y, de repente, haya una persona menos en tu simple existencia cotidiana. Al menos por un tiempo. Quizás por un rato largo. A lo mejor hasta el próximo carnaval.
Concentrate intensamente llenar y vaciar los pulmones. Enfocá absolutamente toda la energía que tenés en el acto reflejo de respirar y soltá un poquito de angustia cada vez. Reemplazá las lágrimas por aire porque es viernes y el clima es hostil y esta noche hay fiesta y la sensación de desamparo no es amiga cuando estás sola en una ciudad ajena.
Reite abiertamente cuando la lluvia irreverente te empape el vestido, te corra el maquillaje, te desacomode (aún más) el pelo y pese a los esfuerzos llegues a la fiesta tanto menos arreglada pero mucho más resplandeciente. Porque el agua que pega y moja, despabila y reanima también. Saludá, conversá, comé cosas ricas, sentite linda, sabete apreciada, descubrite formando parte. Y brindá una vez y otra vez y otra vez porque la vida merece ser celebrada aún conteniendo las penas.
Levantate atarantada por el lugar extraño y la cabeza borracha y los sonidos atípicos y tomate un café saludando a gente que no conocés con acentos de países lejanos y procurá no explotarte la cabeza con la vuelta de la vuelta de la vuelta y viajá descalza charlando con una amiga hasta que te saque alguna confesión y un leve lloriqueo y te regale un puñado de palabras para levantar el ánimo y te arme, en un petiquete, un plan copado para la noche.
Llorate un rato la angustia cuando estás sola y no tiene costo. Charlá cosas lindas por teléfono con alguien capaz de disculparte las torpezas y de robarte sonrisas, estrená un vestido feliz, metete con amigas a ese boliche de toda la vida para sorprenderte con un acústico en vivo de os pibes que tocan temas que te sabés de memoria. Cantá, brindá, bailá, sabete difícil de olvidar y, también, de valorar y reconfortate de las decisiones tomadas.
Dormite con antojos preciosos en el cuerpo y más ganas de sonreír que antes. Despertate con un mensaje lindo esperándote, un desayuno a medio día y la tormenta loca augurando domindo de sillón y series y descubrí la maravilla de que los pulmones sigan llenándose y vaciándose de aire a un ritmo cada vez más gentil.
Respirá profundo
y esperá a que la cabeza se acomode a ese paso.
Todos (pero todos, todos) alguna vez le dijimos eso a alguien a quien queremos mucho cuando le tocó enfrentarse a las penas del desamor. Todos (pero todos, todos) alguna vez recibimos esa frase de alguien que nos quiere mucho e intentamos que sirva de algo. Ahora bien, de verdad, escapa a mi capacidad de comprensión. Entiendo por qué terminamos cayendo en ese cliché. Sé que la impotencia exasperante de no poder curarle el corazoncito al otro nos lleva hasta ahí. Es más, comprendo que quien dice semejante atrocidad valora tanto al receptor del mensaje que sinceramente, por una fracción de segundo, considera que la pérdida es del tercero en cuestión.
Después, cuando se terminaron los mates, cuando cerramos la ventanita del chat, cuando la botella de vino vacía dormita abandonada en la mesa y nos quedamos sin interlocutor esa frasecita que tintinea en la cabeza no sirve, no alcanza, no sana. Simple y sencillamente porque es, en el mejor de los casos, una mentira piadosa.
¿Qué pierde el otro? ¿Una historia que no le interesa con una persona que no le importa lo suficiente? Así es fácil perder. Lo que duele, lo que cuesta, lo que arranca partecitas de nosotros, es perder una ilusión. El antojo de querer y ser queridos por esa persona en ese momento, las ganas de compartir vida, el deseo de hacernos compañía, la necesidad de regalarnos detalles de los días mutuamente. Eso es perder. Nadie pierde en la mesa de póquer en la que no jugó ni una moneda.
La Abu siempre afirma que sin coraje no hay batalla pero, por sobre todas las cosas, que el que no apuesta, no gana. Entonces, sabelo, pierde el que se queda con el corazón lleno de moretones, con las ilusiones abolladas y la garganta hecha un sólo nudo de pena. Perdés vos, sí. Perdés antojos, ilusiones, necesidades y ganas y una historia que no le interesa con una persona a la que no le importas lo suficiente. Y duele y enoja y lastima y después, ojalá más antes que después, pasa.
Así que por favor, no resignes, ni por un instante,
las capacidad de ilusionarte hasta los huesos.
(Nadie vale ese precio)
Amigo: che, mañana se hace la final esa que quería ver, ¿me acompañás? Café: seguro, contame. Amigo: listo, hago la reserva para dos, entonces, ¿o las chicas vienen también? Café: no sé, dejame que confirme pero ¿tu novia no va? Amigo: no, tiene un cumpleaños. Café: ah, ok. Amigo: ¿por qué te pensás que sos la primera persona a la que llamo? Café: así son las cosas, eh. ¡Me llamás cuando te dejan solito! Amigo: no, sos la primera persona a la que llamo cuando sé que no está Novia para romper las pelotas y va a haber pizza, cerveza y fernet... Sólo estaba pensando en lo mucho que vamos a tomar.
Que yo sea una mutiladita emocional capaz de mantener la compostura como si nada pasara no implica que no duela cuando abrís tu bocota para soltar de cualquier manera lo primero que se te cruza por la cabeza.
Pocas cosas me resultan tan significativas como un puñado de flores oscurecidas y olvidadas entre bolsas, restos de comida, sobrecitos de te y montañas de yerba usada en un tacho de basura.
Me atrae un tipo que no tiene temor al ridículo y se ríe de sí mismo.
Me encanta un flaco que disfruta de la noche.
Me desarma un mocito que necesita tres segundos antes de acusar recibo de un piropo con una línea ingeniosa.
Me desquicia un muchacho que sabe agarrarme de la espalda para bailar.
Me entusiasma un fulano que baila conmigo aunque no nos salga bien.
Me embelesa un señor que puede mirarme a los ojos sin titubear mientras me regala un cumplido.
Me desestructura un pibe capaz de mantener diálogos desopilantes.
Me deslumbra un hombre que se deja sorprender.
Me deshilvana un caballero que sabe besar.
Me fascina un varón al que le gusta jugar.
¡Ay de mí!
con aquel que reuna todas esas características.
Chicos, chicas, temo que estamos desplazando conceptos a lo pavote. Cuando te digo 'soy yo, está todo milimétricamente medido y todos los espacios iguales son iguales' no me estoy jactando de hacer las cosas bien, no estoy dejando sentado que soy mejor que nadie, no estoy desmereciendo el laburo ajeno. Por el contrario, estoy reconociendo mi necesidad de suplir con exactitud matemática la falta absoluta de capacidad creativa, mi obsesión por los detalles, mi incapacidad para dejar pasar una fracción de milímetro, mi vergonzante pero controlado impulso por marcarle a alguien más esa pavada y mi infatigable, incontrolable e implacable habilidad para castigarme a mi misma durante años por una minucia que nadie más notó.
Que tenga la autoestima bien colocada no implica que carezca de autocrítica.
Hace 15 años tenía un jean que me hacía sentir linda, una remerita blanca con un Guille dibujado a mano, un paquete de galletitas tentación en la mochila, un puñado de amigas, un montón se compañeros y un primer novio desde hacía unos meses. El día estaba hermoso, el club estaba lleno, la música estaba fuerte, el animador estaba demasiado exaltado, los grupos de pibes estábamos completamente entretenidos. Hace 15 años, después de un partido de fútbol mixto agarrada de la mano del amigo del novio de una amiga, descubría por primera vez el efecto que me generan las escenas de celos.
Hace 10 años tenía una vida completamente diferente. Un departamento de estudiantes, amigas de distintas ciudades, el pelo corto, el bolso lleno de regalos, un fin de semana precioso y un novio de otra provincia que había decidido nacer justo, justo, el 21 de septiembre entonces la fiesta el múltiple. Hace 10 años, después de horas de viaje y de reencontrarme con sus amigos y su familia para sentirlos como propios, entendía que hay momentos en los que es inevitable ser feliz y demostrarlo.
Hace 5 años tenía una casa que era la de siempre pero ahora era sólo mi casa. Un trabajo con una gran amiga, horas tardías para cumplir con fechas de entrega, un auténtico desparramo de amigos, una familia que se movía por pares a excepción mía, una vida sin rutina establecida que se regía por los horarios de las muchas reuniones, una alegría reciente que me sobrepasaba por un montón y una especie de novio con el que nunca encontramos el tiempo de funcionar a duo. Hace 5 años, después de un puñado de horas de fiesta al aire libre, de copos de azúcar escuchando música y de mirarlo durante todo el recital, aprendía que hay vínculos que no son para ser y que no hay tiempo ni afecto que pueda con eso.
Hoy tengo esta vida extraña. Esta casa que finalmente se siente mía, este patio con una cascada de florcitas blancas y un ramo de malvones rosados y un limonero lleno de frutos y promesas, estos trabajos que me gustan aunque me hagan renegar, estos amigos que salvan la vida, que mejoran los días, que arreglan el cuerpo y sanan el alma. Esta promesa de fin de semana largo lleno de charlas y bailes y reuniones, de visitas y juntadas, de reencuentros y brindis. Hoy, después de vaciar definitivamente de obligaciones el itinerario de los próximos días y de volver a sentirme contenta y de querer, de nuevo, ser juego y trabalenguas, aplaudo, otra vez, este milagro de rearmarnos, esta maravilla de encontrarnos, esta delicia de ser.
¡Ey!
Ya es primavera.
What good is sitting
Alone in your room?
Come hear the music play
Life is a Cabaret, old chum
Come to the Cabaret.
El piquito que traba los cierres para que no se abran.
El resorte en la bombilla para que se más fácil limpiarla.
El tope en las puertas corredizas.
El imán en los botones.
El alambrecito para enhebrar agujas.
Las tapas a rosca.
El brazo móvil de los sacacorchos que hace tope contra la botella.
Las líneas de puntos calados en los papeles para cortarlos más fácil.
El sistema para regular el largo en los breteles de los corpiños.
El click con la ruedita de scroll para abrir los vínculos en una pestaña nueva.
El botón de silenciar en teléfonos, en controles remotos (¿no vendrá para personas también?)
¡Cuánto bien me hace la gente que, a fuerza de detalles, simplifica la vida!
De la nada, subiendo al ascensor, descubro que los grandes enunciados de mi vida, además de ser una declaración de principios son una estricta descripción de mis comportamientos.
Hermana:
no, no, pará...
a ese lo termina matando ella, ¿no?
Café:
en serio, no puedo creerlo...
¡no te acordás de nada pero nada!
Te envidio.
Hermana:
No me envidies porque esto es una serie y no importa
pero así es mi vida siempre...
Y de esta historia, recuerdo cuando se miraron
o que con ese garcha o que después terminan juntos con hijitos...
Sí me acuerdo pero sólo de las cosas de amor.
...
...
¡¡¡Soy Susanita!!!
Es increíble como nuestras propias particularidades se nos aparecen, de repente, por alguna pavada.