Si vas caminando bajo la lluvia con las sandalias en la mano y él viene mojado y con las ojotas colgando del dedo, la mirada va a subir desde los pies hasta los ojos y van a sonreirse, aún girando un poco la cabeza para verse pasar.
Ella está de fiesta hoy. No es un día cualquiera. Parece un viernes más en la rutina de las semanas de locos que colmaron todo nuestro año. Parece el principio de otro fin de semana de horarios y cansancio. Parece un final de noviembre casi como todos los que compartimos desde que nos conocemos (y los de antes también). Sin embargo no es así, esta noche hay ceremonia y diploma y cena.
Nos cruzamos en un pasillo. Era improbable no vernos pero no nos vimos. Empezábamos la facultad y estábamos cada una en sus propios pensamientos. Casi nos chocamos en la puerta de un aula. Nos hablamos por primera vez. Cinco palabras de rutina y cada cual eligió un banco. Pasó esa mañana, pasaron cuatro días. Volvimos a dialogar en algún momento, charlas de ronda, de mucha gente desconocida, desorientada, entusiasmada y amontonada.
Ese viernes, cuatro días después, se acercó y me dijo vos y yo trabajamos juntas. Creo que le puso signos de interrogación pero, en realidad, estaba afirmando. Nos tocaba laboratorio de a dos y a eso fuimos. Cuando terminó la clase nos sentamos en una escalera a conversar. A los diez minutos éramos inseparables. Tan opuestas que, inevitablemente, nos íbamos a complementar. Era un viernes de principios de marzo de 2000.
Desde ese día hasta acá nos cambió la vida tantas veces que parece mentira. Durante un año y medio desayunamos juntas 4 días por semana, preparamos parciales y finales. Durante todos estos años salimos, entramos, bailamos, nos emborrachamos, fuimos a su casa, a la mía, compartimos las familias, los amigos, las historias. Teníamos algunas coincidencias en la vida sentimental que nos asombraban cada vez que comparábamos. Compartíamos una primera impresión errónea de la otra que se diluyó en diez minutos de charla.
Cada una se hizo amiga de las parejas de la otra. Lloramos hectolitros de lágrimas estando juntas. Nos reimos hasta el borde del desmayo. Escuchamos música, mucha música. Durante 15 días, preparando un final, cantamos a los gritos la misma canción (y ya no puedo escucharla sin recordar ese momento). Nos mantuvimos cerca, juntas, unidas a pesar de las distancias, los horarios, las penas, los desencuentros y la vida misma.
Hace 15 días me llamó por teléfono y antes de decir hola preguntó ¿el 28 de noviembre, estás? y yo dije estoy, sin saber ni siquiera de qué hablábamos. Y acá estoy. Tengo un bolso con mi mejor pollera, un collar por estrenar, los maquillajes en la cartera y una sonrisa que es mezcla de ternura y orgullo. Ella está de fiesta hoy... yo también.
Cuando estás parada al lado de un hombre al que querés y él, de sentado, te agarra la mano y la sostiene contra su pecho es imposible no abrazarlo por la espalda y quedarte con la cara muy pegada a su cuello.
La pampa húmeda está radiante esta mañana. La lluvia de ayer, las nubes de hoy, los pocos rayos de sol buscando las rendijas del cielo, el maíz nuevo y verde creciendo con ímpetu, el aire nítido. Hace calor, sí, mucho pero de todos modos las primeras horas del día invitan a frenar el auto al costado de la ruta, bajo algún arbolito amigo e improvisar un desayuno ahí mismo.
Mates, algunas tortitas negras o medialunas o bizcochitos, los pies sobre el pasto apenas fresco, un poquito de viento que remueva el pelo y despeje la cara, esta luminosidad rara de la mañana que empieza, el horizonte tan lejos que la vista se distiende. Y quedarme ahí sentada, sintiendo el aroma particular de la tierra el día después de una lluvia intensa, acostada boca arriba con el campo en la espalda y las nubes en los ojos hasta que el sol me obligue moverme.
Ya nos tocaba entrar en la adolescencia pero todavía nos gustaba demasiado ser chicos. Nos vimos, nos saludamos, entendimos que nos tocaba convivir por unos 20 días y empezamos a jugar. Nos pasamos tres semanas trepando árboles, comiendo uvas chinche y molestando, sin querer, a los demás con un código interno que apareció espontáneamente. Tenía algo que ver con castillos de cartas y pitufos, todavía recuerdo la cara de los otros, tan ajenos a la diversión.
Nos reencontramos el verano siguiente. Poco habíamos sabido el uno del otro en tantos meses pero retomamos naturalmente los chistes y las canciones. Nuestros diálogos siempre estuvieron cargados de música. A lo largo de los años fuimos mechando Fito Páez con Ica Novo, una pizca de Los Redondos, un poco de Serrat, abundante Baglietto y así. Crecimos sin darnos cuenta, buscándonos una vez por año para pasar las vacaciones.
El cielo de tu ciudad siempre nos unió. Nos encantaba tirarnos en el bordecito de la terraza, la espalda contra el cemento (o algo así) todavía tibio de la tarde, a ver aparecer las estrellas o las nubes. En ese ratito, escapados de tu familia, prófugos del mundo, hablábamos de casi todo. Nos contábamos la vida de a 15 minutos. Nos sorprendíamos por algunas cosas que teníamos en común contra toda lógica.
Fuimos, durante mucho tiempo, amigos, hermanos, compañeros, primos cómplices, rivales y aliados un puñado de días por año. Después mutó el entorno, cambiaron los hábitos, se modificaron las rutinas y pasamos un verano sin vernos. Estuvimos casi dos años sin mayor contacto hasta que decidí escribirte. No tenía tu dirección, no eran tiempos de correo electrónico generalizado, no sabía dónde quedaba tu departamento de estudiante. Sin embargo, el caos de sucesos en mi vida me llevó, inexorablemente, a buscar calma en ese cielo, en esas charlas.
Envié la carta a la casa de tus viejos. Veinte días de silencio y una llamada. Alguien viajaba a mi ciudad y te habías colado, estabas llegando pero no habías podido ubicarme antes. Desarticulé mis planes de un plumazo, busqué mi llave y salí a tu encuentro. Otra vez retomamos como si nada. Otra vez hablamos durante horas. Otra vez nos despedimos con naturalidad. Me dejaste música de regalo, algo de Silvio que era tuyo pero querías que tenga yo.
Pasaron los meses entre cartas de ida y vuelta. Nos juntamos, otra vez, un verano en tu ciudad (o la que ahora es tu ciudad, tan próxima a la de la infancia). Recuerdo una noche de lluvia, recuerdo mi mano entre tus rulos, recuerdo tus ojos cansados, recuerdo partes de un diálogo, recuerdo un beso. ¿Será como en la película? preguntaste. ¿Será que las historias que empiezan con lluvia tienen final feliz? No lo dijimos en ese momento pero sabíamos que no, que iba a tener, simplemente, final.
Estuvimos juntos un par de días. El lunes, antes de subirte a un taxi me miraste a los ojos. Tu mirada siempre habló sola, la mía también. Si te hubiese gustado Drexler habrías entendido cuando te dije es lunes, de mañana, te di un beso más y nos fuimos.
Tenías razón, no hay recuerdos tristes entre vos y yo.
Tengo muchas ganas de un desayuno compartido, de despertarme con fiaca pero activa y preparar café con leche y hacer tostadas. Quiero sentarme chinito en el sillón y quedarme un rato largo charlando de pavadas sin sentido, de la vida, jugando a cambiar el mundo, hablando de las cosas que nos hacen bien, jugando a ser personajes de otra historia.
Quiero olvidarme de todo lo demás por un par de horas más y disfrutar del aroma intenso del café y del dulce de higos. Quiero la mezcla entre la bebida amarga y el bocado dulce. Quiero reirme con ganas y refregarme los ojos como una criatura. Quiero olvidarme por un rato del calor agobiante y escuchar tu voz pausada, de mañana temprano, llenando el espacio. Quiero despegarme del mundo un par de minutos más para disfrutar del momento exacto en el que empieza el día.
Pasaron por mi vida, dejaron marca en mi memoria, en mis sensaciones. En cada oportunidad aprendí algo, aún aquellas cosas que hubiese preferido desconocer toda la vida. Ninguno fue tan cruel, a alguno ni siquiera le di chances. Nos encontramos y nos perdimos en distintos momentos de mi vida. Con más de uno nos hicimos compañía, con otros ni siquiera eso.
Mi legajo idílico tiene, en realidad, muchas historias escondidas. Recuerdos, fragmentos de mi vida, retazos de la que era, indicios de esta que soy. Cuentos de mis dolores y mis alegrías, crónicas de mis cicatrices y mis sonrisas. Algunas memorias encuentran palabras pero todas tienen número.
4 relaciones de pareja, 5 cuentos de un par de semanas, 6 relatos con besos y nada más que llenaron mi adolescencia, 2 personajes de esos que aparecen y desaparecen a lo largo de los años y así, rubro a rubro, podría incluir cada una de las historias que componen este prontuario amoroso. En algunos casos me animé a creer, en otros no encontré la forma, de todos queda una marca porque mi memoria es así. Rara vez recuerda dónde guardé la azucarera pero cuando archiva algo es inútil intentar olvidarlo.
cuántas veces cerca cerca del amor casi lo tocó y lo acarició y casi estuvo cerca de abrazarlo y se escapo una vez estuvo cerca del amor si es que estuvo cerca del amor
Conozco gente que no lee, que no mira televisión, que no va al cine o a museos. Hablé con personas a las que no les gustan las papas fritas o el café o el mate amargo o el helado. Hay humanos a los que no les interesa la política o la matemática o la física pero no sé de nadie que no escuche música (aunque más no sea un ratito por día). Sucede que nos sobran los motivos para amar la música.
Seamos sinceros. ¿A quién no se le dibuja una sonrisa al escuchar esa canción? ¿a quién no se le amontona el alma en la garganta cuando piensa en aquellas pequeñas cosas? ¿cuántas veces nos invade la nostalgia de añorar lo que nunca jamás sucedió? ¿cuántas veces optamos por las mentiras piadosas? ¿quién no sintió, alguna vez, que no hacen falta alas? ¿cuántas veces podemos evitar una vorágine de palabras con un sólo te pido que mi espacio llenes con tu luz?
¿Cuántas mañanas, después de callar el despertador, tenemos la certeza de que hoy no tengo fuerzas para subirme al mundo? ¿Cuantas veces al final de un inventario de reproches soltamos un y sin embargo te quiero? ¿Quién no sonríe cómplice al reconocer que sus amigos son unos atorrantes? ¿Quién no prepara una ofrenda para recibir a esos amigos que son lo mejor de cada casa?
Tantos hemos dicho yo dejo el tren en esta estación para después volver con la frente marchita y sabiendo que ya nada es igual. Tantas veces quise que sepas que no es fácil respirar el aire en que no estás e intenté explicarte que necesito más que palabras y que ojalá encuentres la forma de dejar un poco de luz al partir.
Muchas veces nos justificamos diciendo soy tan sólo el que soy y otras tantas quisimos responder a esa afirmación con un yo te quiero, como seas te habré de querer pero dijimos se tu para siempre, tu solo y adiós.
¿Quién no sintió que todo es desorden cuando esa persona se fue y diciendo adiós dijo que pena? ¿Quién, después de eso, no necesitó 19 días y 500 noches? ¿Quién no murmuró, alguna vez, vos me tratás como si fuera algo más que un ser?
Así la historia podría seguir durante horas pero, al final, así haga cinco o mil preguntas la conclusión sería la misma. Sin la música yo, al menos, estaría sobreviviendo al silencio o, mucho peor, al ruido...
Es la rumba y es el tango, son el jazz y el rock and roll un volcán de sentimientos por donde habla el corazón.
Cuando el público se acerca y se prende a las canciones una magia misteriosa se apodera del ambiente.
Música, música, música, música y palabras que se combinan en un diálogo inédito y profundo.
Juan Carlos Baglietto y Silvina Garre Se fuerza la máquina | Teatro Opera