Los mates en casa de su tía que más de una vez terminaron en guerra de bombuchas con su primito mayor mientra el otro amenazaba con gatear. Los desayunos calmos con aroma a sierras en la cocina, charlando durante horas de la vida con su mamá. Y la preocupación por su hermano menor y las tantas horas y trucos y risas y fernet compartidos con sus amigos. Conversar acaloradamente del mundo con su hermano entre juego y juego con una princesa y una mariposa de sobrinas. Y las vueltas en los autitos chocadores y los copos de azúcar en la costanera y el enchastre en la cocina para decorar, con las niñas, esa torta. Las bromas con los muchachos de la banda y las consultas de adolescente de ese colaborador incansable que pensaba que yo podía responderle absolutamente todo.
Con cada basta se cerró una historia, se acabó una pareja y también se interrumpieron tantos vínculos y códigos mínimos y rutinas improvisadas. No es enojo, no es dolor lo que impulsa esos recuerdos, es un dejo de nostalgia y de curiosidad. Me alejé por pedido expreso o por respeto o porque la vida es así pero ninguna de esas personas desapareció de mi memoria. Normalmente habitan escenas de mi vida pasada pero, de tanto en vez, se cuelan hasta este presente en la cucharita como recurso improvisado para rizar las pestañas o en los pinceles para pintar remeras o en un saludo en la vereda. Así ayer, durante cuadras, tuve profundos deseos de merendar juntos leche con chocolate en la casa de la abuela de quien, a mis 15, fue mi novio.
Con cada basta se cerró una historia, se acabó una pareja y también se interrumpieron tantos vínculos y códigos mínimos y rutinas improvisadas. No es enojo, no es dolor lo que impulsa esos recuerdos, es un dejo de nostalgia y de curiosidad. Me alejé por pedido expreso o por respeto o porque la vida es así pero ninguna de esas personas desapareció de mi memoria. Normalmente habitan escenas de mi vida pasada pero, de tanto en vez, se cuelan hasta este presente en la cucharita como recurso improvisado para rizar las pestañas o en los pinceles para pintar remeras o en un saludo en la vereda. Así ayer, durante cuadras, tuve profundos deseos de merendar juntos leche con chocolate en la casa de la abuela de quien, a mis 15, fue mi novio.
Resignar los afectos es una de las peores cosas de reconocer que una historia de amor no va más.
