Esta profesión que tengo, estos trabajos que cumplo, estas ciudades que habito. Mi casa, mi ropa, mis cosas, mi pelo, mis pies, mi rutina. Mis preocupaciones, mis inseguridades, mis cansancios, mis enredos, mis mil pensamientos amontonados, mi angustia. Esta semana no quiero nada de esta vida mía. Pienso, entonces, que diciembre le está haciendo honor a su fama y me maltrata. Pienso, entonces, qué cosas voy a cambiar, cuáles voy a intentar y cuáles prefiero conservar.
Porque, ¡eh!, entre todo lo que soy y lo que tengo están mis afectos, mis carcajadas, mis bailes preparando el desayuno, mis polleras con flores pasadas de moda, la sensación del pasto en la planta de mis pies, los abrazos que doy (de oso, cruzados, nudo, medio upa) y los que recibo, el sinfín de recuerdos bellos y de antojos placenteros y de personas y de momentos y de música que salvan días y mejoran vidas. Pienso, entonces, que necesito una tregua conmigo misma. Pienso, entonces, que, al final, está bastante bueno ser esta que soy.
Me provoca mucho placer preparar una rica cena. Me alegra festejar los cumpleaños ajenos. Me encanta elegir, envolver y entregar regalos. Me debato entre colgar globos y guirnaldas. Me parece que falta algo si no hay torta con velitas.
Todavía disfruto de esos momentos como si fuese una nena.
No sé si es porque sucedió muy temprano a la mañana o porque tengo esta tendencia irrespetuosa a quedarme pensando nimiedades. Sin embargo, ante un cartel que dice por favor, cierre la puerta con la mano empieza la cuenta mental. Cada día abro y cierro las puertas con codos, pies, rodillas, hombros, espalda, antebrazos, mentón y el histriónico golpecito de cadera.
Dado que el cartel no está en mi puerta y que la originalidad no es mi característica principal, sospecho que somos muchos los que obramos igual.
Y caminar bailando una canción contenta y descalzarme y que se me vaya deshilachando el rodete del pelo y deleitarme con el viento refrescante y las nubes que amparan y disfrutar de la tela de la pollera cosquilleando mis rodillas y acostarme boca arriba a sentir como toda mi espalda se relaja contra el piso y reírme a carcajadas con la boca, con los ojos, con la cara, con el cuerpo y tomar jugo de naranjas recién exprimido y cantar con los hombros distendidos y jugar con los dedos de los pies.
Y cuando se termine la canción, darle play y volver a empezar.
Camina y va dejando un vendaval, Y el viento se le enreda entre los pies. Sus ojos siempre dicen la verdad, Sus piernas son un fuego que quema de placer. Y dicen que hay lugares donde el sol, No sale sino encuentra a esa mujer. Para vestir su cuerpo de calor, Y acariciar su espalda alguna vez.
Fabián Gallardo Estoy hablando de ella | Debajo del agua
Según la leyenda familiar, la primera canción que se me escuchó entonar efusivamente fue Pedro canoero de Teresa Parodi, por allá por las épocas en que personalizaba las letras y, entonces, mi estribillo decía algo como Pedro teme Pedro sigue sigue el agua. Por suerte tenía esa edad en la que todas las payasadas resultan simpáticas y adorables.
Esta mañana me despertó una canción impresentable seguida por un listado de temas cuya calidad, aunque parezca imposible, iba decayendo abruptamente. Sin embargo, junto con la lluvia me empapó el espíritu litoraleño y me encontré cantando otra canción de la correntina que hasta hace unas horas ni siquiera recordaba. Me llevó un buen rato dar con la interpretación ansiada, esa que trae imágenes de viajes y paseos y toda la familia en el auto.
Es que mi memoria archiva versiones exactas y mis antojos tienen mucho de añoranza.
Y entonces sabe por qué Se puede seguir soñando Se puede, se puede Se puede, se debe Se debe, se debe Se debe, se puede.