Ay de mí con estas mujeres que somos. Avanzamos, es cierto, pero a veces parece que no aprendemos. Un día nos dijimos que podíamos más, que teníamos derecho a más. Heredamos de a poco, de batallas ajenas, este horizonte nuevo y empezamos a buscar futuros diferentes. Decidimos que podíamos dejar de ser una parte más de una casa, aceptamos y defendimos nuestro lugar para el desarrollo intelectual, nuestro rinconcito en el mundo productivo, nuestra vereda de la superación laboral y profesional. Dejamos de vernos como madres y esposas y abuelas y cocineras y salimos al mundo a trabajar, a comprarnos tacos, a tener sexo cuantas veces nos viniera en ganas, a vivir solas, a valernos por nosotras mismas, a ser independientes y autosuficientes. Y nos salió bárbaro.
Ahora veo otra cosa. Siento que nos limitamos, que no sumamos sino que reemplazamos. No porque hayamos dejado de lado la ilusión de maternidad, la idea de pareja o el placer de hornear una torta sino porque empezamos a avergonzarnos, a sentirnos inferiores por tener esos impulsos. Y todavía cocinamos cuando tenemos ganas aunque pidamos comida hecha cuando estamos cansadas pero resulta que nos cuesta (tanto pero tanto a veces) decir que sí, decir yo quiero tener hijos, decir yo quiero que tengan un padre, resulta que nos cuesta (tanto pero tanto a veces) decírnoslos a nosotras mismas, resulta que nos cuesta (tanto pero tanto a veces) escuchárselo decir a otra mujer.
La miro esquivando su propia voz y lo repito en voz alta, para ella y para mí. No está mal querer, además, tener hijos, una casa y un perro. Y cada una encontrará su tiempo y cada una elegirá la forma y cada una resolverá por qué. No está mal no desear todas esas cosas pero no nos involuciona tener esos anhelos. La miro y nos lo vuelvo a decir a las dos, para que no se nos olvide.
No está mal quererlo todo y hacer lo posible por conseguirlo.