Hermana: no la toco ni para patearla Café: no la toco ni con una picana Hermana: no la toco ni con un palazo en la cabeza Café: no la toco ni con un misil teledirigido Hermana: no la toco ni con los gérmenes que vuelan cuando estornudo
Yo soy zurda. A los fines de esta conversación vamos a limitarnos al hecho de que tengo mayor habilidad con mis extremidades izquierdas que con las otras. Entonces, soy tan pero tan zurda que antes de que el mouse llegara a mi vida la mano derecha no me servía ni para rascarme. Eso sí, cada vez que aclaro esta cualidad (que me vino impuesta, para qué negarlo), lo hago con una sonrisa como de orgullo. Vaya uno a saber por qué, quizás tenga algo que ver con sentirme un poquito diferente o especial.
Además soy torpe para los deportes pero eso no es novedad. Lo que sí resultó novedoso y levemente devastador para mí fue descubrir, grandecita ya, que para los tiros cortos pateo mejor con la derecha. Ah no, qué agravio, qué falta de respeto. Sin embargo, ningún acontecimiento magulló tanto mi orgullo zurdo como enfrentarme de adulta y por primera vez a una tijera para zurdos. Tantos años de renegar con los dedos que no caben, tantos años de invertir la fuerza para juntar los filos, tantos años de usar tijeras convencionales. Finalmente, el día en que agarraré ese objeto especialmente diseñado para gente como yo no pude usarlo y, no conforme con eso, tampoco logré acostumbrarme. La sensación (exagerada, por supuesto, estamos hablando de mí) fue desgarradora. Sentí que el tiempo, el entorno, la costumbre y mi obstinación habían doblegado mi innata condición de zurda.
Y comprendí que eso pasa demasiadas veces con los impulsos inclinados hacia la izquierda.
Cuando me siento enfrente tuyo y declaro que hace dos días estaba confundida, borracha o poseída o que algo cambió en estas horas. Cuando te confieso que necesito modificar algunas reglas del juego. Cuando te cuento que estuve pensando y sintiendo seriamente y que quiero tales cosas y no quiero otras, la única respuesta que puedo creer realmente de tu parte es algo del estilo de dejame pensarlo y volvemos a hablar. Aunque en el momento me falte el aire, sé que es elemental. Yo te llevo 48 horas de ventaja en algo que probablemente no se te había cruzado por la cabeza. Eso sí, cuando el planteo es tuyo, dame tiempo para pensarlo.
Es la única forma que conozco de honrar la seriedad de un planteo.
Después de una semana del demonio. Después del dolor de ovarios y los contratiempos y las decepciones y el hartazgo. Después de varios días de risas escasas y empeines tensos. Después, y casi de repente, algo adentro mío cambia. Una hora de carcajadas, un brindis con cerveza, un lindo plan para el fin de semana y este impulso impresentable por hacer pavadas.
Lo mejor del buen humor es que si no lo consumís en dosis, se acumula para después.
Si lo pienso, si lo pienso fuerte, no existen más ni el aire frío en el colectivo, ni los ronquidos del pasajero que está por ahí atrás ni la música espantosa estilo bolerazo mexicano berreta que seleccionó el chofer. Si cierro los ojos y me dejo llevar no hay nada más que tu brazo izquierdo cruzado desde mi hombro hasta mi cintura acercándome más a vos, tu mano derecha haciéndome piojito y mi cara en ese espacio magnífico entre tu oreja y tu hombro. Entonces, no existe nada que no sea tu voz armando planes de mates y sol y los pies hasta los tobillos en el agua fría del río al final de este invierno y mi cuerpo amoldándose más al tuyo y mi boca bien cerca de tu cuello diciendo que sí, que quiero, que dale, que vamos.
Quereme así, piantao, piantao, piantao... Trepate a esta ternura de locos que hay en mí, ponete esta peluca de alondras, ¡y volá! ¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá, vení!
Roberto Goyeneche Balada para un loco | L: Astor Piazzolla, M: Horacio Ferrer
Cuando no encuentro las palabras exactas para reunir la carrada de pensamientos diversos que rondan mi cabeza, cuando siento que no tengo ganas de seguir repitiendo lo mismo, cuando no quiero sentarme a escribirlo, cuando pienso basta, siento basta, digo basta, el día amanece precioso, soleado, apenas fresco y mis hombros me despiertan bailoteando una canción alegre.
No te digo la eternidad, no pido foreveandnever, no es que no haya forma de que me canse de estas cosas (aunque de algunas aún no sé si sucede) pero ante la duda siempre quiero más:
1- Fernet con coca 2- Bananitas de colores (aunque ahora les digan huesitos) 3- Dormir 4- Episodios de Grey's Anatomy 5- Vacaciones 6- Mates 7- Gin tonic. 8- Canciones de Queen y de las viejas de Charly y Fito 9- Pan fresco con manteca y dulce casero 10- Mimos en la cabeza y en la espalda
El orden no implica preferencia. No podría establecerla.
Dame uno más, dame un poquito sólo un poquito no más yo quiero más yo necesito, sólo un poquito no más.
Charly García Sólo un poquito no más | Filosofía barata y zapatos de goma