Llego extenuada, ¿no?. Ni siquiera podría decir por qué, dale, está empezando el año y no ha sido un día de tan ardua labor como para que amerite el cansancio. Sin embargo, estoy cansada y pasada de revoluciones. Entro a la casa de Madre cargada de cosas, hablando por celular, haciendo malabares para abrir la puerta, tirando en cuanta silla encuentre a mi paso cartera, maletín, bolsa, bolsita y llaves. Apuro la charla. Sí, sí, muchas gracias, mañana lo vemos, dale, un beso, chauchau. Corto. Dejo el teléfono en cualquier rincón. Un paso más adelante me encuentro con Madre terminando el día tirada en el sillón, mirando tele y empezando un tejido bonito para alguna de las criaturas de la familia. Me mira desde atrás de una sonrisa enorme. Estoy agotada, ma. Se te nota. Date un chapuzón que hasta hace un rato estuve haciéndole terapia a la pileta y está preciosa. Me quedo inmóvil, como intentando pensar. Dale, andá, andá ya. Mientras termina la frase me bajo de las sandalias, me saco el vestido que me había puesto más de doce horas antes. Después, abro la puerta, casi corro unos diez pasos, pongo el pie izquierdo en el primer escalón y me zambullo de repente. Listo. Todo se calla, el mundo desaparece. Sólo quedamos el agua, el cielo infinitamente estrellado y yo nadando y flotando y haciendo intentos de roles y verticales mientras la gata me mira sin terminar de entender.
Hay algo más relajante que el agua...
meterte al agua en una casa que te da paz sabiendo que alguien te cuida.
meterte al agua en una casa que te da paz sabiendo que alguien te cuida.
