La mayoría de las veces, hasta que ella no te diga (casi con desesperación y sin poder controlar ni su propia voz) ¡dale, ahora, por favor! (o cualquiera de las tantas variables), te conviene seguir trabajando el asunto un poco más.
Y de a ratos nos encontramos y entonces el tiempo no pasa y paseamos y brindamos y nos reimos como locos y bailamos y leemos y nos contamos muchas cosas y nos hablamos de ideas y de pasados y de fiestas y de memorias y de ayeres y de hoyes y de mañanas y así, durante horas, somos felices y tranquilos y llenos de colores y de dealgunamaneraesverdad y repletos de luz y de mimos y parece (y realmente creemos) que podemos bailar este rocanrol.
Yo no jugaba para no perder, tú hacias trampas para no ganar; yo no rezaba para no creer, tú no besabas para no soñar.
Joaquín Sabina El rocanrol de los idiotas | Yo, mi, me, contigo
Me desperté con esta musiquita en la cabeza. Viajé, dormí un rato más, me volví a despertar con la misma canción.
Todo divino, el día se porta, los palos borrachos del parque están hermosos y florecidos, el fin de semana pinta bien pero por favor... ¿cómo se sobrevive a todo un viernes de este sonidito?
Ahí te va una idea que tengo desde hace un tiempo pero que hoy, por gracia divina (o excesiva molestia de mi madre) revelose definitivamente ante mí. Así, arbitrario, sin aplicación de ningún método científico, pura conclusión sencillita y de alpargatas a fuerza de ver (y ser) múltiples ejemplos en estos últimos años.
Las personas que tenemos que irnos a vivir a otra ciudad para estudiar nos alejamos antes del rol de hijos.
Si bien es cierto que en muchísimos casos son los padres los que siguen bancando económicamente a los hijos en ese tiempo, también es verdad que, de repente, tenés que hacerte responsable de muchas cosas. Empezás a disponer de tu tiempo y de la plata para manejarlos a tu antojo pero tenés que cumplir con la carrera, encargarte de las comidas, pagar todas las cuentas en tiempo y en forma y demás responsabilidades de vivir sin padres cerca.
Muchos de quienes estudian viviendo en la casa familiar demoran más años en cortar ese lazo y les cuesta mucho más. En contra partida, los segundos siguen siendo hijos, aunque la relación cambie, aunque se muden solos, aunque se preparen la comida. En el primer grupo hay 2 opciones, los que vuelven a la ciudad y los que no.
Los que vuelven a la ciudad natal tienden a terminar ocupando el rol de padre de sus propios padres.
Es un terreno peligroso y hay que encontrar la forma de poner los límites. Esos límites debemos ponerlos los hijos y no siempre es sencillo (por no decir que es sumamente complicado). No sé exactamente por qué sucede así pero tengo vistos varios casos. Si alguien tiene alguna explicación, será bienvenida.
Ella sentada sobre la barra, en un costado, mirando hacia la pista. Él preparando tragos. Ella con una remera con la espalda casi completamente descubierta.Él se acerca con un hielo en una mano y lo pasa por la espalda de ella. Ella reacciona, gira, lo manda a la puta. Él la mira con ojos de chico.
Él: Es que no pude resistirme a tu espalda...
Escena II (pareja II)
Él va hacia la barra a pedir una cerveza. Ella lo mira. Él se acoda y espera su turno. Ella se arrima, apoya la espalda contra la barra, muy cerca de él.
Ella: Bueno ¿cómo hacemos? ¿Te encaro yo o preferís empezar vos?
Parece mentira que algunos encares tengan éxito.
Calculando no acercarme demasiado planeando la manera de manejar tus manos te comparo con el resto del ganado y decido dar un paso más
Me pasa con las canciones, por ejemplo, desde siempre. Cuando son en otros idiomas es menos frecuente porque o les presto más atención o necesito leer las letras para cantarlas. Con los temas en castellano me sucede muy seguido. La primera vez que las escucho entiendo mal una palabra o escucho una expresión diferente a la que el autor escribió. De ahí en más, casi siempre canto sobre el tema la versión que mi cabeza inventó.
Cuenta el anecdotario familiar que cuando era chica (tanto que mi memoria no guarda registro propio) en lugar de y en tu alcoba vi la luz yo cantaba, compenetradísima, quién me cobra a mí la luz. Voy a hacer caso omiso a la interpretación de que quizás siempre fui más realista que romántica. Hoy lo importante es que lo mismo me sucede en la vida de todos los días. Es como si, de repente, en mi cabeza se mezclaran las hojas del libreto de la conversación y todo cobrara otro significado. Lo reconozco, lo admito, lo confieso. En muchas oportunidades escucho algo diferente a lo que me están diciendo.
Y la mayoría de esas veces entiendo lo que yo quiero.
Hoy me despertó Les Luthiers. A veces es así como cambia el sentido de las cosas.
Porque me encanta que el aire se refresque. Porque adoro el sonido de la lluvia adormeciéndome. Porque las noches de tromenta son mucho más oscuras pero tienen esos momentos relampagosos de resplandor que iluminan las siluetas de manera particular. Porque la textura de las sábanas cambia con el aire de un chaparrón.
Las noches lluviosas me gusta mucho menos dormir sola.
Pararme en el medio de una llanura sin nada más que un par de árboles modificando la línea del suelo. Mirar para arriba. Descubrir enormes nubes grises, más oscuras, más altas o más bajas. Respirar el aroma de la tierra mojada por la lluvia de hace unas horas. Sentir en la piel la humedad del aire y el viento leve de la mañana. Dejar que las gotas posadas en el piso se cuelen entre mis dedos por entre las tiras de las sandalias. Inspirar profundo y descubrir, de repente, ese brillo.
Nadie conoce la luz si no vio un rayo de sol colarse entre las nubes de un cielo cubierto y tormentoso.
Hablamos durante horas. Escribimos conversaciones completas que algún mensajero reune desde tu máquina y la mía. Hablamos por teléfono cientos de minutos. Nos contamos historias, nos confesamos sueños, discutimos, nos retamos, nos acompañamos al supermercado o al kiosco. Palabras que se amontonan en oraciones que pretenden mantenernos en contacto. No es lo mismo.
Nunca es lo mismo un silencio en el teléfono que un abrazo. No se siente igual una línea en un chat que una confesión mate mediante. No puede compararse un mensaje de texto a un beso en los ojos cuando la pena apabulla. Sin embargo, de alguna forma extraña e intangible estamos ahí, nos acompañamos, nos descubrimos. A veces, sólo a veces, la tecnología logra que dos seres humanos se comuniquen. Solamente cuando dos seres humanos son capaces de comunicarse de alguna manera.
Sin embargo, seguimos necesitando mirarnos a los ojos.
sólo un sueño soñaría... entre un mar de girasoles buscaría un Giraluna que velara y desvelara cada noche la otra cara de la luna... gira, gira Giraluna, gira, gira, gira, luna gira, gira y mírame...
Cuando el hombre que querés te abraza de sentado y se queda con su cabeza apoyada en tu panza sentís que podrías protegerlo de todas las cosas malas del mundo y sólo querés acariciarle la cara con las dos manos.