Ya está dicho, comprar no es lo mío. No me hace bien, no soy feliz y no me mejora el ánimo. Salvo excepciones contadísimas, tener que comprar me pone de mal humor. Sin embargo, así como para muchas cosas no tengo mayores pretensiones debo confesar que acumulo una lista insufrible de condiciones para:
El dolor indescriptible de perder a un hijo genera un momento de impunidad, de inimputabilidad tácita que todos aceptamos y respetamos y toleramos.
Prolongar ese paréntesis durante años, usarlo de escudo para hacer y decir barbaridades que dañan a tantas otras personas, amparar en tu dolor acciones que causan dolor a los demás logra que pierdas automáticamente mi respeto.
No perdés credibilidad por sentir dolor, perdés apoyo por insensible.
Ponele que estás en pareja. Bárbaro. Se llevan de lujo, están en la etapa en que todo es divino y las mariposas vuelan. Bien por ustedes. Entonces, y me parece óptimo, en privado le decís de cualquier manera que les resulte copada y que forme parte del código interno. Desde titán hasta fideo pasando por ornitorrinco o chupetín, todo vale.
Ahora bien, superados los 16 años, por decir, está claro que esas cosas no se dicen en público. Ante otros seres humanos podemos llegar, como mucho, al apodo o apócope del nombre. Digamos, yo te banco un Fer, Fede, Nico, Nacho, Tito, Die o Lucho sin que me tiemble la ceja. Ahora, si en medio de una reunión medianamente seria de gente grande largás un Pabli, vos estás en el horno pero a él lo cocinaste de un saque.
A grandes rasgos, la regla indica que hay que esquivar los apócopes terminados en i para los nombres masculinos y rematados en u de los femeninos.
Un día cualquiera a un flaco se le ocurrió desenterrar una raíz y masticar el cosoncho ese que tenía. Después (pero mucho después) a alguna torpe se le cayó una papa en una olla con aceite hirviendo y aparecieron las papas fritas, gloria y delicia del mundo moderno. Pero antes fue lo del flaco que le sacudió un poco la tierra a un tubérculo y le hincó el diente. Y capaz que hubo otro que degustó cuanta hoja verde encontró a su paso hasta dar con la lechuga.
A otro humano, vaya uno a saber cuándo y dónde, se le ocurrió que podía agarrar esa planta, sacarle las semillas justo en ese momento, molerlas hasta hacer polvo y, después, alguien dijo agregale agua y hagamos pan. O, por ejemplo, en la historia hubo alguna persona a la que se le ocurrió (o le sucedió por descuido o lo que sea) hacer algo más con la leche y así aparecieron la crema, la manteca, los quesos, los yogures y esos derivados deliciosos.
¿Inteligencia artificial? ¿Viajes al espacio? ¿Física cuántica? Patrañas. Hace siglos que nadie descubre cosas copadas.
Hace 16 años falté a mi día de clases de séptimo grado, me calcé un buzo enorme de hello kitty y una zapatillas de lona, cargué algunas cosas para picotear durante el día y me fui a esa especie de parque de diversiones improvisado que era la estación de trenes en desuso. A mitad del día y por primera y única vez en mi vida un chico me iba a pedir arreglo.
Hace 14 años llovía torrencialmente, estábamos todos apilados en el tinglado del club, mi remera soportaba estóicamente una gran mancha de sangría y yo la miraba a ella fijamente a los ojos pensando 'a menos que tengas un 38 y esté cargado, hay que tener tupé para amenazar a una persona si tenés 15 cm menos y voz de pito' mientras ella me acusaba de cualquier invento para preservar algo de magia en el pibe que le había jurado amor pero igual andaba encarándose a mis amigas.
Hace 11 años no teníamos clases, casi me desmayo en el boliche, nos pasamos la noche en vela, la mañana empezó en casa de una de las chicas cambiando tacos por zapatillas y después eligiendo entre todos mesa en el club pero antes la madrugada me encontró a los besos con un muchacho muy bonito y extremadamente imbécil al que no volví a ver.
Hace 10 años habíamos pasado de hermanas a amigas, estábamos en el precioso Parque Urquiza de Paraná recorriendo otra ciudad, compartiendo con otros grupos y sabiendo que iba a tocar alguien que no nos interesaba en el escenario mientras las mangas cortas nos igualaban y el mate nos reunía.
Hace 5 años me costó recordar qué día era. Amanecí en la que era mi casa, pasé muchas horas sola en el que era mi trabajo, me reuní a un almuerzo con una pareja con la que cada vez nos encontrábamos menos, tuve que postergar los mates con amigas para cuando el fin de semana nos diera respiro y terminé la jornada con una cerveza en la que era mi terraza cantando y sonriendo.
Hoy empecé muy temprano, me desperté famélica, viajé como de costumbre, acompañé y esperé como buena persona adulta en la puerta de un laboratorio de análisis clínicos, encontré un panorama cambiado sin adolescentes con uniformes o guardapolvos, llegué a mi trabajo y sospecho que terminaré mi día como cualquier otro martes de esta actualidad mía.
Sin embargo me alegro igual y festejo igual con mates de oficina. Porque está bueno ver cambiar el clima, porque es alentador saber que sigo creciendo y cambiando y teniendo tantas posibilidades, porque sigo queriendo a algunas de las mismas personas y quiero a otras nuevas, porque aunque yo pueda olvidarme del almanaque la primavera llega igual y porque, aún sin certificado que lo acredite, de alguna manera sigo considerándome estudiante.
Mientras no pierda la curiosidad, no dejaré de aprender.
Suena la alarma. Estiro la mano, miro la hora y pienso ¡qué ridícula! ¿para qué habré puesto el despertador tan temprano un domingo?. Tiro el teléfono sobre la cama y me acurruco otra vez. Sí, claro, llegué tarde a trabajar.
Es que los fines de semana son cada vez más insuficientes.
En un juego entre amigas descubrimos que, tecnología mediante, llegó el momento de aggiornar las insinuaciones del estilo de nene, yo me disfrazo de chupetín y vos pasame la lengua a versiones más ¿cómo decirlo? actualizadas. Algo más del estilo de:
nene, yo me disfrazo de lector de huellas y vos, pasame los dedos
papito, yo me visto de apple magic mouse y vos, mandame mano
vení lindo, yo me disfrazo de pantalla táctil y vos, tocame toda
yo pongo cara de ipod y vos, acariciame la manzanita
¿Se te ocurre alguno para sumar?
Niña, te quiero decir que sólo tú me interesas y el mouse que mueve tu boca me formatea la cabeza
Juan Luis Guerra Mi pc | Ni es lo mismo ni es igual
Podría inventar excusas, podría hasta llegar a algún argumento que apele a la pena o la lástima para justificarme. También puedo (porque una cosa no tiene que ver con la otra) reconocer que es cursi, que si lo pienso seriamente me provoca escalofríos de espanto y que no se condice con casi nada. No, no pienso recurrir a ninguna de esas tretas. Hay cosas de las que, simplemente, me hago cargo.
Me gusta y me alegra esta canción.
Esta música es tuya, tus versos, tu poesía, yo de tanto pensar en ti, llegué a creer que eran mías.
Palabras de amor, acordes y melodías, que robé de tu corazón, y ahora son mi alegría.
Porque soy un perfecto bandido, que ha tomado tu amor por asalto, porque vivo en tu nube subido, y cada día contigo, puedo volar un poco más alto.
En mis épocas de adolescencia y boliches todavía existían los lentos. De hecho, el aguante y los lentos eran, junto con el bloque de rock, lo mejor de la noche. No tanto por cuestiones de baile y arrumacos sino porque la música era excelente. Eso sí, aunque el tema ya tenía sus años, el paso de movido a lentos era, indefectiblemente, con Los auténticos decadentes.
Toda aquella purreta que tuviese intenciones de esquivar las manos en la cintura del partenaire de momento sabía que en cuanto se escuchaba esa musiquita debía encontrar una excusa para huir. Así, aún antes de que empezara la letra, el baño de mujeres ya estaba lleno de muchachas escapadas de la pista.
Hermana: no la toco ni para patearla Café: no la toco ni con una picana Hermana: no la toco ni con un palazo en la cabeza Café: no la toco ni con un misil teledirigido Hermana: no la toco ni con los gérmenes que vuelan cuando estornudo
Yo soy zurda. A los fines de esta conversación vamos a limitarnos al hecho de que tengo mayor habilidad con mis extremidades izquierdas que con las otras. Entonces, soy tan pero tan zurda que antes de que el mouse llegara a mi vida la mano derecha no me servía ni para rascarme. Eso sí, cada vez que aclaro esta cualidad (que me vino impuesta, para qué negarlo), lo hago con una sonrisa como de orgullo. Vaya uno a saber por qué, quizás tenga algo que ver con sentirme un poquito diferente o especial.
Además soy torpe para los deportes pero eso no es novedad. Lo que sí resultó novedoso y levemente devastador para mí fue descubrir, grandecita ya, que para los tiros cortos pateo mejor con la derecha. Ah no, qué agravio, qué falta de respeto. Sin embargo, ningún acontecimiento magulló tanto mi orgullo zurdo como enfrentarme de adulta y por primera vez a una tijera para zurdos. Tantos años de renegar con los dedos que no caben, tantos años de invertir la fuerza para juntar los filos, tantos años de usar tijeras convencionales. Finalmente, el día en que agarraré ese objeto especialmente diseñado para gente como yo no pude usarlo y, no conforme con eso, tampoco logré acostumbrarme. La sensación (exagerada, por supuesto, estamos hablando de mí) fue desgarradora. Sentí que el tiempo, el entorno, la costumbre y mi obstinación habían doblegado mi innata condición de zurda.
Y comprendí que eso pasa demasiadas veces con los impulsos inclinados hacia la izquierda.
Cuando me siento enfrente tuyo y declaro que hace dos días estaba confundida, borracha o poseída o que algo cambió en estas horas. Cuando te confieso que necesito modificar algunas reglas del juego. Cuando te cuento que estuve pensando y sintiendo seriamente y que quiero tales cosas y no quiero otras, la única respuesta que puedo creer realmente de tu parte es algo del estilo de dejame pensarlo y volvemos a hablar. Aunque en el momento me falte el aire, sé que es elemental. Yo te llevo 48 horas de ventaja en algo que probablemente no se te había cruzado por la cabeza. Eso sí, cuando el planteo es tuyo, dame tiempo para pensarlo.
Es la única forma que conozco de honrar la seriedad de un planteo.
Después de una semana del demonio. Después del dolor de ovarios y los contratiempos y las decepciones y el hartazgo. Después de varios días de risas escasas y empeines tensos. Después, y casi de repente, algo adentro mío cambia. Una hora de carcajadas, un brindis con cerveza, un lindo plan para el fin de semana y este impulso impresentable por hacer pavadas.
Lo mejor del buen humor es que si no lo consumís en dosis, se acumula para después.
Si lo pienso, si lo pienso fuerte, no existen más ni el aire frío en el colectivo, ni los ronquidos del pasajero que está por ahí atrás ni la música espantosa estilo bolerazo mexicano berreta que seleccionó el chofer. Si cierro los ojos y me dejo llevar no hay nada más que tu brazo izquierdo cruzado desde mi hombro hasta mi cintura acercándome más a vos, tu mano derecha haciéndome piojito y mi cara en ese espacio magnífico entre tu oreja y tu hombro. Entonces, no existe nada que no sea tu voz armando planes de mates y sol y los pies hasta los tobillos en el agua fría del río al final de este invierno y mi cuerpo amoldándose más al tuyo y mi boca bien cerca de tu cuello diciendo que sí, que quiero, que dale, que vamos.
Quereme así, piantao, piantao, piantao... Trepate a esta ternura de locos que hay en mí, ponete esta peluca de alondras, ¡y volá! ¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá, vení!
Roberto Goyeneche Balada para un loco | L: Astor Piazzolla, M: Horacio Ferrer
Cuando no encuentro las palabras exactas para reunir la carrada de pensamientos diversos que rondan mi cabeza, cuando siento que no tengo ganas de seguir repitiendo lo mismo, cuando no quiero sentarme a escribirlo, cuando pienso basta, siento basta, digo basta, el día amanece precioso, soleado, apenas fresco y mis hombros me despiertan bailoteando una canción alegre.
No te digo la eternidad, no pido foreveandnever, no es que no haya forma de que me canse de estas cosas (aunque de algunas aún no sé si sucede) pero ante la duda siempre quiero más:
1- Fernet con coca 2- Bananitas de colores (aunque ahora les digan huesitos) 3- Dormir 4- Episodios de Grey's Anatomy 5- Vacaciones 6- Mates 7- Gin tonic. 8- Canciones de Queen y de las viejas de Charly y Fito 9- Pan fresco con manteca y dulce casero 10- Mimos en la cabeza y en la espalda
El orden no implica preferencia. No podría establecerla.
Dame uno más, dame un poquito sólo un poquito no más yo quiero más yo necesito, sólo un poquito no más.
Charly García Sólo un poquito no más | Filosofía barata y zapatos de goma